26.6.3: El sonido que anuncia el verano

El sonido que anuncia el verano
Pedro En Japón existe una costumbre hermosa: percibir las estaciones a través del sonido.
Cuando el verano se acerca, los furin, esas pequeñas campanillas de viento japonesas, anuncian su llegada. Y luego, el primer canto de la cigarra confirma que el verano ha empezado de verdad.
Si en España el verano empieza con el sol, en Japón parece comenzar con un sonido.
Cuando las cigarras comienzan a cantar, el verano japonés adquiere una densidad particular. Sin embargo, detrás de ese estruendo hay una especie de silencio.
Quizá porque en la mirada japonesa se suele buscar espacio incluso dentro del ruido. Hay una sensibilidad que reconoce que el silencio no siempre es ausencia, sino otra forma de presencia.
Tal vez por eso se aprecia también el tiempo invisible: aquello que madura lentamente lejos de la vista.
Y mientras ese tiempo silencioso avanza en Japón, en España el verano se abre hacia afuera: las terrazas se llenan, las voces se superponen, y la ciudad entera parece expandirse hacia la luz, como si el verano invitara a todos a encontrarse, a conversar y a compartir el mismo aire cálido.
Es curioso cómo dos veranos pueden sentirse tan distintos y, aun así, ser igualmente intensos.
Los años que la cigarra pasa bajo tierra, creciendo en silencio sin que nadie la vea, parecen reflejar la sensibilidad japonesa.
Si los españoles somos expertos en disfrutar el presente, los japoneses parecen tener un talento especial para cultivar el tiempo invisible.
Ambas maneras de vivir son hermosas, y en verano se encuentran bajo la misma luz.
La vida en la superficie de una cigarra dura apenas unas semanas. Aun así, vive el verano con una entrega absoluta. Su canto no es solo un sonido: es una declaración de existencia. Esa vida breve, pero intensísima, evoca nuestro propio verano mediterráneo. Días largos, noches cortas, la ciudad respirando hasta tarde.
La gente sale a la calle como si quisiera atrapar cada instante, como si supiera que la luz no durará para siempre. Quizá por eso el canto de la cigarra nos resulta tan cercano. No habla de cuánto dura una vida, sino de la intensidad con la que se vive. Y, desde tan lejos, nos deja una pregunta silenciosa sobre nuestro propio verano.

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