26.7: El gesto de escribir un deseo

El gesto de escribir un deseo
Pedro En Japón, cuando se acerca el verano, es habitual escribir un deseo en un pequeño papel y colgarlo en una rama de bambú. A esta costumbre se la conoce como Tanabata, una tradición que llena las calles de colores suaves y deseos discretos.
Escribirlos y dejarlos al aire libre no busca llamar la atención: es una manera de soltar lo que uno lleva dentro y permitir que respire.
tanzaku
Para quienes venimos de fuera, este gesto puede parecer curioso, casi íntimo, pero encierra una forma muy particular de relacionarse con los propios pensamientos.
Escribir un deseo no es, para los japoneses, un acto solemne ni extraordinario. Forma parte de una manera de estar en el mundo. En Japón, escribir es también ordenar los pensamientos, aclarar las emociones y tomar cierta distancia de uno mismo.
Cuando uno escribe, el ruido interior se desplaza hacia el papel; lo que antes era un torbellino sin forma se convierte en una frase concreta. Y en ese instante aparece un pequeño espacio dentro de uno mismo, un hueco que trae calma.
Por eso, en la vida cotidiana japonesa existen muchas prácticas que giran en torno a la escritura: anotar sentimientos en un diario, redactar un poema breve, escribir un deseo en una tablilla de madera en un santuario, copiar un texto sagrado para serenarse. Todas ellas comparten la misma idea: escribir para ordenar el corazón. Los tanzaku de Tanabata son una expresión veraniega de esa misma tradición.
Lo interesante es que, en España, también tenemos nuestras formas de expresar deseos. El ritual de las doce uvas en Nochevieja, los buenos propósitos compartidos en familia, las palabras que elegimos para desear suerte o amor a alguien cercano... En ambos países existe la necesidad de convertir un deseo en lenguaje. Esa coincidencia nos acerca más de lo que parece.
Sin embargo, la manera de tratar esos deseos sí difiere.
En España, los deseos suelen compartirse en voz alta y celebrarse juntos; se convierten en un puente cálido entre las personas, un gesto que se alimenta de la compañía.
En Japón, en cambio, el deseo se dirige primero hacia dentro. Se escribe en silencio, se coloca fuera del cuerpo y se deja allí, a cierta distancia. Esa distancia, tan sutil como un papel colgado en una rama es la que permite que la mente se calme.
Podríamos decir que, mientras en España los deseos se comparten, en Japón los deseos se ordenan y se sueltan. No para cambiar el futuro, sino para aliviar el presente.

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